Esperanza Gómez

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Esta es la historia de Esperanza Gomez la actriz porno Colombiana

Por curiosidad. Por eso terminó Esperanza Gómez ojeando una revista de rubios desnudos que pronto le quitaron el sueño. Tenía 13 años, la idea de que el sexo por fuera del matrimonio había sido creado por el diablo y un hermano mayor que en su cuarto guardaba páginas y páginas de pornografía. Vivía en una casa amplia en la que aún reside el recuerdo, quizá seco y abstracto, de un mal día cuando a los 7 años, un trabajador de su padre se bajó, a la sombra de una sonrisa maligna y lasciva, sus pantalones, mostrándole, de una buena vez, aquello que después sería centro de su inocente inquietud.

Su caminar, como su vestimenta, tenían formas viriles —razón a la que atribuye las burlas de sus nueve hermanos, ocho de ellas mujeres, que le decían Patito Feo—, usaba el pelo “como virgen de pueblo”, y evitaba las miradas pecaminosas de los niños que durante las jornadas escolares se peleaban por sentarse a su lado. No podía recibir visitas de hombres, su padre repudiaba la ropa que acentuaba su silueta y hasta llegó a prohibirle la desnudez en la ducha. Paralelamente, su madre insistía en la pureza de la mujer, las virtudes del matrimonio y las bondades de pertenecer a un sólo hombre. Quizá por eso sus pensamientos se desviaban con miedo a las imágenes desnudas; Esperanza había empezado a anhelar que a ella también la retrataran así.

Pasó dos años hurtando la bendita revista y devolviéndola después con sigilo. Contándole a un sobrino, que tenía su misma edad, que ella quería crecer para desnudarse ante una cámara, que la belleza estaba en el cuerpo despojado y que quería llegar virgen al matrimonio, pero con un hombre que aceptara su trabajo. Pero el terror, como un destino fatal, se presentó de nuevo, un mal día a los 15 años, mientras su hermana y ella ayudaban a un amigo de su papá en un negocio del barrio. El hombre encerró a la hermana de Esperanza en un cuarto mientras a ella la tomó agresivamente entre sus brazos, le alzó la falda y la abusó sexualmente. Esperanza no sabía cómo funcionaba el sexo, pero acababa de perder su virginidad.

Siguió un año de pesadillas y espantos. Los hombres la cortejaban y ella repelía el cortejo. No le había dicho a nadie lo sucedido; su hermana tampoco pronunció palabra. Era ella peleando en contra de fantasmas que no entendía, acentuando su caminado viril y tapando su cuerpo, como le había enseñado su padre, pero ahora, por convicción. Sus hermanos, tomando el comportamiento de su hermana como incomprensible, le pidieron a sus padres que la inscribieran en una agencia de modelaje para ver si allí rescataban algo de su feminidad. De Pereira (Risaralda), ciudad donde vivía, la mandaron a Cali a una academia mientras sucedían sus vacaciones del verano de 1996.
Explotaron su sensualidad. En sólo dos meses la contrataron de modelo en el programa Alta Tensión del canal Telepacífico. Le cortaron su pelo, resaltaron con tinte el color y le enseñaron a maquillarse. Le propusieron modelar lencería: su padre se oponía, pero su madre soñaba con verla en la televisión. Lo hizo varias veces, hasta que empezó a ser reconocida en el medio.

Su miedo hacia los hombres continuaba, aún no había explorado su sexualidad más allá del oscuro episodio vetado para la memoria, pero un amigo de su hermana había empezado a seducirla. Él le preguntó por qué era tan esquiva y ella calló, él insistió en que algo muy fuerte tuvo que haberle sucedido para que fuera así de seca y ella decidió contarle. Empezaron una relación que duró nueve años. Sólo al final de los primeros dos ella sintió confianza suficiente para hacerse poseedora, por fin, de su sexo.

Ya tenía 18 años. El deseo de independencia la había invadido y estaba haciendo dinero suficiente en las pasarelas para terminar su bachillerato en Cali y posteriormente estudiar diseño de moda. En seguida llovieron las propuestas. Le ofrecieron ser señorita Valle y Caldas, presentadora de canales prestigiosos y modelo profesional. Siempre dio una negativa, su destino estaba trazado. Sin embargo, su novio le insistía en que no iba a ser capaz de posar desnuda ante una cámara, al parecer, cada vez que terminaban de tener sexo, ella prendía una toalla a su cuerpo y con ella caminaba de la cama al baño.

Pero las imágenes desnudas volvieron a presentarse, esta vez en videos de Penthouse que le mostraba el mejor amigo de su novio, mientras ella esperaba que su pareja saliera del trabajo. Los cuerpos en movimiento, el sudor, la piel, eran elementos que reafirmaban su deseo y que parecían haberla encontrado de nuevo después de un viaje a la miseria. Las curvas femeninas, que tanto alababa, que aún sigue alabando, se mostraban como una pregunta permanente de cuándo iba a tocarle su turno. Y así pasaron los años, bajo las pretensiones morales de lo que aún no había sucedido, pensando que si se lanzaba, si se atrevía a grabar desnudos, la sociedad iba a acabarla, de a poco.
A los 24 su carrera profesional ya era un éxito y por eso la llamaron a que se presentara para el casting de conejita Playboy 2005. Llegó sin expectativas, “más por hacer bulto” que por pensar que iba a ganar: se comentaba que ya la conejita estaba seleccionada y que la audición era sólo una parafernalia. El casting fue difícil, el sueño empezaba a presentarse sin que ella estuviera completamente preparada y, aunque para las fotos que debían hacerle, mitad desnuda, debía posar ante un equipo de mujeres y homosexuales, sentía miedo. Un mes después, mientras descansaba con sus padres en la misma casa en Pereira, la llamaron, había sido seleccionada.

Primero y por miedo a lo que dijera su padre, dio una negativa. Él le pidió que le explicara qué era Playboy, después le dijo que ella era una profesional en lo que hacía y que si ése era su camino, que aceptara. Vinieron situaciones difíciles, entre esas, el momento en que le tocó hacer un vídeo en donde espiaba, como voyerista enloquecida, a una joven que se tocaba a sí misma. La escena la avergonzaba y empezó a convencerse de que no podría cumplir su sueño. Su novio decidió terminar la relación, los celos lo carcomían y no resistía la presión de verla semidesnuda en una revista.

El hombre que le presentó los videos pornográficos, ése que hoy es su esposo, empezó a cortejarla. No sólo eso, también la apoyó para que se lanzara como actriz porno. Empezó a grabarla en casa, a hacerle fotografías, y hasta promovió sus viajes a Estados Unidos para que se presentara a distintas audiciones. Fue cuando la escogieron para filmar su primera película, Southbeach Cruising III, en la que probó por primera vez la fama: la película dio la vuelta no sólo en Norteamérica sino en el Viejo Continente, donde ahora es la actriz porno más aclamada.

Y, aunque su primera escena la vivió con miedo —pidió que en el momento sólo se quedaran el camarógrafo y el actor—, ahora asume su carrera con total naturalidad. Tal vez por eso, en sólo dos años, ha logrado grabar 28 películas, de las cuales, ninguna ha sido fingida. Para no mantener una doble moral, aspecto que más le disgusta en algunas actrices porno, ha decidido mantener su nombre. Comenta que no esperaba tanta aceptación del público colombiano y entre risas recuerda el momento en que una pareja, con más de 70 años, se acercó mientras hacía mercado para felicitarla por las películas que hacía.

Abiertamente dice que aunque el porno es un buen ingreso lo hace por gusto, aclarando que su esposo siempre le ha dado lo que necesita. Sus proyectos futuros: seguir con la pornografía hasta que su cuerpo se rinda e incursionar en la industria en Colombia, que, según ella, no tiene una buena calidad de vídeo. En su tiempo libre cuida de dos perros y un gato y de un jardín de hortensias y rosas. Niega los chismes sobre su zoofilia e insiste en que prefiere tener sexo con hombres, “porque las mujeres son frágiles” y ella “ruda”, el único aspecto que parece haberle quedado de esa prematura, quizá delirante, infancia.

 

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